La política de la administración Trump para controlar el petróleo venezolano, lejos de restaurar la industria, expuso vulnerabilidades y amenaza la estabilidad regional, generando un complejo dilema geopolítico. Los intentos de capturar a Nicolás Maduro y afirmar el poder estadounidense en un país del doble del tamaño de Irak, según analistas, tendrían consecuencias profundas e imprevistas.

Esta aproximación, más allá de proyectar fuerza, reveló una creciente fragilidad política interna del entonces presidente. El enfoque en una «apropiación de recursos» abierta, en lugar de una estrategia diplomática o de reconstrucción, avivó las llamas de la inestabilidad regional. La promesa de restaurar la vital industria petrolera venezolana, fundamental para la economía del país, quedó ensombrecida por la percepción de una intervención.

Expertos como Terry Lynn Karl, citada en un análisis de www.project-syndicate.org, han advertido que la remoción de Maduro por la fuerza solo desestabilizaría aún más a Venezuela. La historia reciente del país caribeño muestra que cualquier intervención externa sin un plan integral y legítimo de transición puede agravar la crisis humanitaria y económica, impactando a toda América Latina.

El dilema petrolero de Trump en Venezuela no era solo una cuestión de acceso a recursos, sino también de la viabilidad de la política exterior estadounidense. La nación sudamericana posee las mayores reservas probadas de petróleo del mundo, estimadas en más de 300 mil millones de barriles, según datos de la OPEP. Sin embargo, su producción ha colapsado drásticamente en la última década, pasando de más de 3 millones de barriles diarios a menos de 700.000, un reflejo de la mala gestión, la corrupción y las sanciones internacionales.

La administración Trump argumentaba que su presión buscaría facilitar un cambio de régimen que permitiera la recuperación de la industria. Sin embargo, críticos señalaron que la estrategia carecía de un apoyo regional sólido y de un camino claro hacia la estabilidad post-intervención. La experiencia de otros estados petroleros, como Irak, sugiere que la gestión externa de un país con complejidades políticas y sociales arraigadas es una tarea monumental y a menudo contraproducente.

El impacto de las sanciones y la geopolítica regional

Las sanciones impuestas por Estados Unidos a Petróleos de Venezuela (PDVSA) y otros sectores clave tuvieron un doble filo. Si bien buscaron asfixiar al régimen de Maduro, también profundizaron la crisis humanitaria, limitando el acceso a bienes esenciales y exacerbando la hiperinflación. Un informe de la Center for Economic and Policy Research (CEPR) de 2019 estimó que las sanciones contribuyeron a decenas de miles de muertes en Venezuela.

La geopolítica regional también jugó un papel crucial en el dilema de Trump. Países vecinos como Colombia y Brasil se vieron directamente afectados por la migración masiva de venezolanos, sumando presión a sus propios sistemas sociales y económicos. La falta de un consenso regional robusto sobre la intervención militar o el cambio de régimen complicó aún más la capacidad de Estados Unidos para actuar de manera unilateral sin generar una mayor desestabilización en el continente, como ha señalado el Departamento de Estado de EE. UU. en sus análisis de política exterior.

Desafíos para la industria petrolera y el futuro venezolano

La visión de Trump de «controlar» el petróleo venezolano subestimó la magnitud de la reconstrucción necesaria. La infraestructura petrolera del país está gravemente deteriorada, con refinerías operando a una fracción de su capacidad y una fuga masiva de talento técnico. La inversión requerida para restaurar la producción a niveles pre-crisis se estima en decenas de miles de millones de dólares, un compromiso que ninguna administración estadounidense ha estado dispuesta a asumir plenamente.

Además, cualquier intento de normalizar la industria requeriría no solo capital, sino también un marco legal y político estable, algo que Venezuela ha carecido durante años. El futuro de la industria petrolera venezolana y, por extensión, del país, dependerá de una solución interna que aborde la gobernanza, la corrupción y la reconciliación social. La injerencia externa, como lo demostró el dilema petrolero de Trump, a menudo añade capas de complejidad a un problema ya de por sí intrincado.

El dilema petrolero de Trump en Venezuela subraya las complejidades de la política exterior en un mundo interconectado. La búsqueda de un control de recursos, sin una estrategia de estabilidad a largo plazo, puede generar más problemas que soluciones. El camino hacia la recuperación de Venezuela, y de su vital industria petrolera, requerirá un enfoque multifacético que priorice la estabilidad interna y el apoyo internacional constructivo, lejos de intervenciones que amenacen con exacerbar una crisis ya profunda.