La detención del presidente venezolano Nicolás Maduro y su posterior traslado a Nueva York para enfrentar cargos de narcotráfico, en un movimiento atribuido a la administración de Donald Trump, ha infligido un daño significativo al sistema legal internacional centrado en la ONU. Esta acción, que muchos ven como una manifestación descarnada del imperialismo estadounidense de Trump, despoja de justificaciones idealistas las intervenciones militares.
Si bien la historia de Estados Unidos está marcada por un largo intervencionismo, las administraciones anteriores solían invocar los derechos humanos o la democracia como pretexto. Trump, sin embargo, ha retirado la máscara. Él mismo ha declarado que la misión de Washington en Venezuela es tomar el control de las mayores reservas de petróleo del mundo.
Este enfoque directo y sin adornos ha expuesto una realidad que, para muchas naciones del Sur Global, ya era familiar. La diplomacia de cañoneras estadounidense, antes envuelta en retórica de buena voluntad, ahora se presenta tal cual, desafiando abiertamente las normas establecidas del derecho internacional.
El impacto en el orden internacional
La audaz acción contra Maduro, según un análisis de Adekeye Adebajo para Project Syndicate en 2026, representa un golpe severo al sistema legal internacional. Este marco, en gran parte construido por Estados Unidos tras la Segunda Guerra Mundial, buscaba evitar la ley de la selva en las relaciones entre estados soberanos.
El precedente sentado por este incidente podría tener repercusiones profundas, alentando a otras potencias a ignorar la soberanía nacional bajo pretextos similares. La erosión de principios como la no injerencia y la inmunidad de los jefes de estado amenaza la estabilidad global, llevando a un escenario donde el poder bruto prevalece sobre el derecho.
Organizaciones como la ONU y la Corte Internacional de Justicia dependen de la adhesión de los estados miembros a estas normas. Cuando una de las potencias fundadoras las socava, se debilita la confianza en las instituciones que buscan mantener la paz y la seguridad mundiales.
La geopolítica del petróleo y la retórica de Trump
La franqueza de Trump al vincular la intervención en Venezuela con el control de sus vastas reservas petroleras difiere notablemente de la justificación tradicional. Venezuela posee las mayores reservas probadas de crudo del mundo, superando incluso a Arabia Saudita, según datos de la Administración de Información Energética de EE. UU. (EIA).
Esta realidad económica subyacente ha sido, históricamente, un motor clave en la política exterior de grandes potencias. Sin embargo, la administración Trump optó por no disfrazar estas motivaciones con el habitual velo de «promoción de la democracia» o «lucha contra el terrorismo», un cambio que no ha pasado desapercibido.
El impacto de estas declaraciones va más allá de Venezuela. Envía un mensaje claro sobre las prioridades geopolíticas de Estados Unidos, centradas en intereses materiales directos, y cómo está dispuesto a perseguirlos. Esto reconfigura las expectativas sobre futuras acciones en regiones ricas en recursos.
La era de Trump ha obligado al mundo a confrontar una forma de imperialismo estadounidense sin filtros, una que prioriza los intereses económicos y estratégicos explícitos sobre la retórica idealista. Este nuevo enfoque, aunque criticado por socavar el derecho internacional, ofrece una transparencia brutal sobre las verdaderas intenciones de una superpotencia.
Para Europa y otras regiones, esto significa una reevaluación de las relaciones y alianzas, entendiendo que las acciones de Washington pueden estar guiadas por una lógica más pragmática y menos principista de lo que se solía creer. El futuro de la gobernanza global dependerá de cómo la comunidad internacional se adapte a esta cruda realidad.











