A medida que el Foro Económico Mundial se reúne en Davos bajo el lema «Un espíritu de diálogo», la cruda realidad geopolítica global contradice las promesas de cooperación. Este encuentro anual, que busca promover el capitalismo de partes interesadas y el desarrollo sostenible, se ve ensombrecido por acciones unilaterales que demuestran cómo la historia supera Davos con una fuerza innegable. La brecha entre el discurso y la práctica se ha vuelto más evidente que nunca.

La tensión es palpable. Mientras los líderes empresariales y políticos discuten en los Alpes suizos, Estados Unidos, por ejemplo, ha tomado el control de la infraestructura petrolera de Venezuela, estableciendo una administración «indefinida» de sus reservas. Esta acción, sumada a la presión sobre naciones europeas por la demanda de Groenlandia, subraya un patrón de agresión que desafía la narrativa de un mundo interconectado y dialogante.

Este contraste entre el llamado al diálogo del WEF y la agresividad unilateral de potencias mundiales es, como señala Mariana Mazzucato en Project Syndicate, francamente chocante. Los compromisos sobre un capitalismo con propósito y un desarrollo sostenible, sin condicionalidades vinculantes o marcos de rendición de cuentas, permanecen en el ámbito del teatro. Se necesita una distinción clara entre quienes crean valor genuino y quienes extraen rentas.

El abismo entre el discurso de Davos y la realidad geopolítica

El Foro Económico Mundial, fundado en 1971, ha sido históricamente un espacio para abordar los desafíos globales. Sin embargo, su eficacia es cuestionada cuando las discusiones sobre la gobernanza global y la colaboración no se traducen en acciones concretas por parte de los estados. La unilateralidad, lejos de disminuir, parece consolidarse como una estrategia política dominante en la escena internacional, erosionando la confianza multilateral.

Expertos en relaciones internacionales han advertido sobre esta tendencia. Según un informe del Council on Foreign Relations, la cantidad de conflictos activos y la intervención de potencias extranjeras han aumentado significativamente en la última década. Esto sugiere que, a pesar de las cumbres y los diálogos, las dinámicas de poder tradicionales y los intereses nacionales prevalecen sobre los ideales de una gobernanza compartida.

La retórica de «capitalismo de partes interesadas» que el WEF promueve busca redefinir el propósito de las corporaciones más allá del beneficio para los accionistas, incluyendo a empleados, clientes, proveedores y comunidades. No obstante, sin mecanismos de cumplimiento y transparencia, estas declaraciones corren el riesgo de ser percibidas como meras estrategias de relaciones públicas, sin un impacto real en la redistribución de poder o riqueza.

Hacia una rendición de cuentas que la historia supera Davos

Para que las cumbres como la de Davos trasciendan el mero intercambio de ideas, es imperativo establecer marcos de rendición de cuentas robustos. Las promesas de sostenibilidad y responsabilidad social corporativa deben ir acompañadas de condicionalidades vinculantes que aseguren su cumplimiento. Esto implica que las empresas y los gobiernos asuman riesgos compartidos y demuestren un compromiso real con la creación de valor para la sociedad, no solo para sus élites.

La falta de estos mecanismos ha llevado a un escepticismo creciente. Un estudio de la OCDE sobre la conducta empresarial responsable destaca la necesidad de fortalecer las directrices y su implementación efectiva. Sin una supervisión independiente y sanciones claras para el incumplimiento, las iniciativas de «buena voluntad» se quedan cortas frente a los desafíos sistémicos que enfrenta el mundo.

En este escenario, donde la historia supera Davos, es crucial que los foros globales pasen de la discusión a la acción tangible. El futuro de la cooperación internacional y de un desarrollo equitativo dependerá de la capacidad de estas instituciones para traducir sus nobles propósitos en políticas y prácticas que realmente transformen el panorama global, más allá de la retórica anual.

El desafío para el Foro Económico Mundial y otras plataformas de diálogo global es monumental. Mientras el «espíritu de diálogo» es un ideal loable, la realidad de la geopolítica actual exige más que palabras. Se necesita un compromiso inquebrantable con la equidad, la transparencia y la rendición de cuentas para que las cumbres de Davos no sean solo un eco de promesas vacías, sino un verdadero motor de cambio en un mundo complejo y en constante evolución.