El continente europeo se encuentra en una encrucijada estratégica, donde las estructuras de seguridad existentes, como la OTAN y la Unión Europea, demuestran limitaciones para abordar la totalidad de los desafíos emergentes. Esta realidad subraya la imperiosa necesidad de establecer un nuevo marco de seguridad europeo que complemente y fortalezca la capacidad de defensa regional.

Las recientes dinámicas geopolíticas han puesto de manifiesto que ni la Alianza Atlántica ni la UE están completamente equipadas para enfrentar el espectro completo de amenazas que Europa afronta. Desde conflictos en sus fronteras hasta desafíos híbridos, la complejidad del escenario exige una reconsideración profunda de cómo se organiza la defensa colectiva. Es crucial entender que la seguridad del continente no puede depender exclusivamente de modelos concebidos para contextos distintos.

Este contexto ha revitalizado el debate sobre la posibilidad de revivir conceptos como la antigua Unión Europea Occidental (UEO), un bloque de diez miembros que cesó sus operaciones en 2011. La idea no es reemplazar las instituciones actuales, sino crear un mecanismo más ágil y centrado en intereses europeos específicos, capaz de operar con mayor autonomía y rapidez ante crisis inminentes.

Las limitaciones de las estructuras actuales

La OTAN, aunque fundamental para la defensa transatlántica, opera bajo un mandato que abarca una geografía y una serie de compromisos más amplios, lo que a veces puede ralentizar la toma de decisiones o desviar el foco de preocupaciones puramente europeas. Su naturaleza de consenso entre 32 naciones, incluyendo a Estados Unidos, implica que las prioridades y las respuestas pueden no alinearse siempre con la velocidad o especificidad que las crisis europeas demandan.

Por su parte, la Unión Europea ha avanzado significativamente en su Política Común de Seguridad y Defensa (PCSD), pero sus instrumentos están a menudo más orientados a la gestión de crisis civiles, misiones de entrenamiento o operaciones de paz, que a la defensa territorial dura. Según un análisis de Carl Bildt publicado en Project Syndicate, “ni la OTAN ni la UE están totalmente preparadas para afrontar los crecientes desafíos que enfrenta Europa”. Este punto de vista resalta una brecha funcional que un nuevo marco de seguridad podría llenar.

La fragmentación de capacidades y la falta de una doctrina de defensa verdaderamente unificada dentro de la UE también son obstáculos. Los esfuerzos por integrar las fuerzas armadas y armonizar el gasto en defensa han sido lentos, lo que impide una respuesta cohesionada y eficaz ante amenazas de gran escala. La duplicación de esfuerzos y la dependencia de proveedores externos persisten, mermando la autonomía estratégica.

Hacia una coalición de voluntades europeas

La propuesta de un nuevo marco de seguridad europeo se inclina hacia la institucionalización de una «coalición de voluntades», ya vista en la práctica entre naciones como Francia, Alemania y el Reino Unido en ciertas operaciones. Esta estructura permitiría a un grupo de países europeos con capacidades y voluntades similares actuar de manera más coordinada y decisiva ante amenazas directas a la seguridad continental. No se trataría de un reemplazo, sino de un complemento estratégico.

La ventaja de una entidad como una renovada Unión Europea Occidental radicaría en su flexibilidad y su enfoque geográfico más delimitado. Podría desarrollar capacidades de respuesta rápida, coordinar mejor la inteligencia y la logística, e incluso establecer una doctrina de defensa común más ambiciosa entre sus miembros. Esto potenciaría la disuasión y la capacidad de intervención en situaciones donde la acción rápida es primordial, sin las complejidades de un consenso más amplio.

Expertos del think tank Chatham House han debatido sobre la necesidad de que Europa desarrolle una mayor autonomía estratégica, lo que implica no solo capacidades militares, sino también una visión política unificada sobre cómo y cuándo usar la fuerza. Un marco de seguridad dedicado podría ser el vehículo para cristalizar esta autonomía, permitiendo a Europa asumir una mayor responsabilidad por su propia defensa, mientras se mantiene alineada con sus aliados.

La creación de un nuevo marco de seguridad no es una tarea menor, pero es un imperativo estratégico. Europa necesita una estructura que sea ágil, enfocada y capaz de complementar las misiones de la OTAN y la UE, adaptándose a un panorama global en constante cambio. Este paso fortalecería la resiliencia del continente y aseguraría una respuesta más eficaz ante los desafíos futuros, consolidando su papel como actor relevante en la escena geopolítica global.