Un reciente estudio de la Universidad de Cambridge ha redefinido nuestra comprensión de la monogamia en mamíferos, colocando a los humanos en una categoría excepcional. La investigación, publicada en 2026, sugiere que nuestra especie se alinea más con animales como castores y suricatas que con chimpancés, destacando un patrón de emparejamiento a largo plazo inusualmente común. Este enfoque comparativo revela cómo la monogamia humana desafía las expectativas evolutivas en el reino animal.

Durante décadas, la ciencia ha debatido la naturaleza de los vínculos de pareja en nuestra especie, basándose en registros fósiles y etnografía. Sin embargo, esta nueva metodología ofrece una perspectiva genética novedosa. La investigación compara la proporción de hermanos completos frente a medio hermanos en diversas especies y culturas, proporcionando una medida tangible de la exclusividad reproductiva a lo largo del tiempo.

Este cambio evolutivo, según los expertos, podría haber sido un pilar fundamental en el éxito social y cooperativo de la humanidad. La capacidad de formar lazos estables habría facilitado la crianza compartida y la cohesión grupal, elementos cruciales para el desarrollo de sociedades complejas.

El innovador método para medir la monogamia

El Dr. Mark Dyble, antropólogo evolutivo del Departamento de Arqueología de Cambridge, desarrolló un modelo computacional innovador. Este modelo utiliza la proporción de hermanos completos y medio hermanos como un indicador clave de la monogamia. En entornos con mayor monogamia, se observa una prevalencia de descendientes que comparten ambos padres.

Por el contrario, sistemas más polígamos o promiscuos generan un mayor número de medio hermanos. Este enfoque genético permite una comparación sin precedentes de la exclusividad reproductiva entre especies y culturas.

Según Dyble, este método proporciona una manera más concreta de comparar sistemas de apareamiento en animales y sociedades humanas a lo largo de extensos períodos. «Existe una liga premier de la monogamia, en la que los humanos se sitúan cómodamente, mientras que la vasta mayoría de otros mamíferos adoptan un enfoque mucho más promiscuo», afirmó Dyble en un comunicado de prensa de ScienceDaily.

Los hallazgos, publicados en Proceedings of the Royal Society: Biological Sciences, indican que los humanos tienen una tasa global de hermanos completos del 66%. Esta cifra nos posiciona en el séptimo lugar de once especies estudiadas, firmemente dentro del grupo considerado socialmente monógamo, con una clara preferencia por los vínculos de pareja a largo plazo.

Humanos y otros mamíferos: una comparación sorprendente

La investigación revela que, aunque existe una enorme diversidad cultural en las prácticas de apareamiento y matrimonio humanas, incluso los extremos del espectro superan lo que se observa en la mayoría de las especies no monógamas. Por ejemplo, las suricatas muestran una tasa del 60% de hermanos completos, mientras que los castores superan ligeramente a los humanos con un 73%.

Ambos casos, junto con el gibón de manos blancas (63.5%), apuntan a una fuerte tendencia hacia la monogamia con cierta flexibilidad. Es relevante que el gibón sea la única otra especie «monotoca» altamente clasificada.

Esto significa que normalmente produce una sola cría por embarazo, a diferencia de las camadas. Esta peculiaridad resalta la singularidad del patrón reproductivo humano dentro de la liga de la monogamia, un tema discutido en profundidad en artículos como los de Nature sobre la monogamia social.

El estudio analizó evidencia genética de sitios arqueológicos, desde cementerios de la Edad del Bronce en Europa hasta asentamientos neolíticos en Anatolia, combinándola con datos etnográficos de 94 sociedades humanas modernas. Esta vasta gama de información subraya la persistencia de la monogamia como patrón dominante en nuestra especie a lo largo de milenios.

La persistencia de la monogamia en la historia humana, a pesar de la variación cultural, sugiere un papel crucial en nuestra trayectoria evolutiva. Comprender estos patrones no solo arroja luz sobre nuestro pasado, sino que también ofrece una base para explorar las complejidades de las relaciones humanas en el futuro, reconociendo la interacción entre biología y cultura.