Hace una década, China puso fin a su estricta política de hijo único, una medida que transformó profundamente su sociedad y economía. Esta decisión de 2016, que buscaba revertir una inminente crisis demográfica, ha revelado consecuencias complejas, desde el envejecimiento acelerado hasta desequilibrios de género, cuyos efectos aún se están manifestando.

Implementada en 1979 para controlar el crecimiento poblacional, la política de hijo único se mantuvo por 35 años, dejando una huella imborrable en la estructura familiar y social del país. A pesar de su derogación, y la posterior introducción de políticas de dos y tres hijos, los desafíos demográficos persisten, poniendo en jaque el futuro económico de la segunda mayor economía mundial.

La lógica detrás de estas políticas, y los datos que las sustentaron, siempre fueron cuestionables, como señala el experto Yi Fuxian en un análisis reciente para Project Syndicate. Según Fuxian, esta historia resalta un «defecto fatal» en la gobernanza china, por el cual el país está pagando un alto precio.

El impacto de una población envejecida y desequilibrada

Uno de los legados más palpables de la política de hijo único es el rápido envejecimiento de la población. Datos de la Oficina Nacional de Estadísticas de China muestran un aumento significativo de personas mayores de 60 años, ejerciendo una presión inmensa sobre los sistemas de pensiones y salud. Para 2050, se estima que cerca de un tercio de la población china tendrá 60 años o más.

Además, la preferencia cultural por los hijos varones, exacerbada por la política, ha provocado un desequilibrio de género alarmante. Se calcula que hay decenas de millones más de hombres que de mujeres, lo que genera problemas sociales como la dificultad para encontrar pareja y un aumento de la trata de personas, según un estudio de The Lancet.

Aunque la política de dos hijos fue implementada en 2016 y la de tres hijos en 2021, las tasas de natalidad se mantienen obstinadamente bajas. En 2022, la población de China experimentó su primera disminución en seis décadas, un punto de inflexión con profundas implicaciones para su fuerza laboral y capacidad de consumo futuro.

Consecuencias económicas y sociales a largo plazo

La escasez de mano de obra joven, combinada con una fuerza laboral envejecida, amenaza con frenar el crecimiento económico de China. El modelo de «fábrica del mundo» depende de una abundante y joven fuerza laboral, una realidad que se desvanece rápidamente. Expertos como el Dr. Wang Feng, profesor de sociología en la Universidad de California, Irvine, advierten sobre un «dividendo demográfico invertido».

Los sistemas de seguridad social y atención médica enfrentan una presión sin precedentes. Menos jóvenes contribuyentes para sostener a una creciente población de jubilados podría llevar a recortes en beneficios o a un aumento significativo de impuestos. La estructura familiar tradicional, donde los hijos cuidaban de sus padres, también se ve afectada por el modelo «4-2-1» (un hijo, dos padres, cuatro abuelos), generando mayor estrés.

Las implicaciones van más allá de lo puramente económico. La soledad en la vejez, la falta de apoyo familiar para las nuevas generaciones y los cambios en la dinámica social son desafíos que la sociedad china deberá afrontar. La urgencia de políticas de apoyo a la natalidad y de atención a los mayores es cada vez más evidente, aunque su efectividad aún está por verse.

Diez años después de su derogación, el fin de la política de hijo único en China marca el inicio de una nueva era de desafíos demográficos. El país se enfrenta a la difícil tarea de equilibrar el crecimiento económico con una población que envejece rápidamente y un persistente descenso de la natalidad. Las decisiones futuras en materia de política familiar y social serán cruciales para determinar la trayectoria de China en las próximas décadas.