El metaverso, la prometedora visión de realidad virtual de Meta, ha experimentado un declive notable. Tras una inversión de miles de millones, el proyecto se desinfla, revelando valiosas lecciones sobre la evolución digital.

A finales del año pasado, Meta confirmó el abandono efectivo de su proyecto de metaverso. Esta iniciativa impulsó el cambio de marca de la compañía en 2021, una apuesta audaz por el futuro de la interacción digital que costó más de 70.000 millones de dólares.

La división Reality Labs, responsable del metaverso, recibió instrucciones de reducir su presupuesto en un 30%. Esta decisión siguió a años de pérdidas acumuladas que sumaron 73.000 millones de dólares en cinco años, según un informe de Fast Company.

La inflación de expectativas y las proyecciones fallidas

En el corazón del auge del metaverso estuvo una persistente inflación de su definición y un sinfín de proyecciones optimistas. McKinsey & Company proclamó en junio de 2022 que podría generar hasta 5 billones de dólares para 2030, según un informe.

Otros gigantes financieros también se sumaron a esta euforia. Citigroup predijo que el metaverso, como ‘la próxima iteración de internet o Web3’, alcanzaría un mercado de entre 8 y 13 billones de dólares para 2030, según sus análisis.

El crítico tecnológico Evgeny Morozov observó que gran parte de lo que ocurría era una actuación para conjurar nuevas realidades. Esta narrativa, desvinculada de la realidad, buscaba ‘hablarlo hasta que existiera’, creando visiones de un futuro inevitable que nunca se materializaron.

La visión del metaverso prometía una realidad virtual llena de avatares y centros comerciales digitales. Buscaba relabelar la economía digital existente como la ‘próxima internet’, permitiendo que las previsiones asumieran un aire de inevitabilidad que redefinía mercados ya existentes.

Lecciones para el futuro de la innovación digital

El caso del metaverso ofrece una valiosa lección para las actuales burbujas tecnológicas, como el auge de la inteligencia artificial. Ambos fenómenos comparten patrones: definiciones infladas, un enfoque singular en el beneficio y el gasto masivo en infraestructura para productos incipientes.

Esta similitud no es casual. El metaverso, como el actual auge de la IA, fue presentado como un cambio ‘más profundo’ que la electricidad o el fuego. Ambas narrativas construyen una urgencia y una inevitabilidad que eclipsan los desafíos prácticos y de adopción masiva.

La ‘alucinación masiva’ del metaverso se sostuvo por ambiciones de vigilancia y control impulsadas por el beneficio. En el ámbito laboral, se vislumbraba un escenario ideal para empleadores: eludir leyes, clasificar a tiempo completo como contratistas y pagar salarios arbitrados.

Así, el metaverso se desvela como un ambicioso experimento que, a pesar de las vastas inversiones, no logró consolidar su visión. Su declive es un recordatorio de que la innovación real requiere más que solo promesas grandilocuentes; necesita utilidad tangible y adopción genuina por parte de los usuarios.