Donald Trump, a pesar de sus promesas de no intervención, parece estar redefiniendo la política exterior estadounidense hacia un “nuevo viejo orden mundial”, evocando la era anterior a la Primera Guerra Mundial. Esta postura, apodada “Doctrina Donroe”, fusiona su agresiva diplomacia transaccional con una renovada vigilancia hemisférica, como se vio en la intervención venezolana.

Este enfoque, aunque presentado por la prensa como una “Doctrina Donroe” —una mezcla de la diplomacia transaccional de Trump con la afirmación del siglo XIX de James Monroe sobre la tutela hemisférica de EE. UU.—, revela una contradicción. Trump fue elegido dos veces bajo una plataforma que renunciaba al “cambio de régimen” y la “construcción de naciones”, políticas que ahora parece dispuesto a emprender, según un análisis de Benn Steil para Project Syndicate.

La esencia de este “nuevo viejo orden” radica en un esfuerzo por restaurar el panorama internacional que prevalecía antes de la Primera Guerra Mundial. En aquel entonces, Estados Unidos ejercía una ambición global más contenida y se sentía más seguro en su vecindario. La administración actual busca replicar esa contención, enfocándose en intereses domésticos y una influencia regional robusta, aunque los costos de este giro estratégico podrían ser profundos.

La Doctrina Donroe y el giro aislacionista

La denominada “Doctrina Donroe” no es una política esquizofrénica, sino una estrategia coherente que busca redefinir el papel de Estados Unidos en el mundo. Implica un retorno a una política exterior más restringida, priorizando la seguridad y estabilidad en el continente americano, al tiempo que se persiguen acuerdos comerciales bilaterales agresivos. Este enfoque marca un contraste con las intervenciones globales post-Guerra Fría.

El abandono de la “construcción de naciones” y el “cambio de régimen” en el extranjero, a favor de una diplomacia transaccional, sugiere una reevaluación fundamental de los compromisos de Washington. Esta postura podría interpretarse como un intento de desvincularse de conflictos lejanos, redirigiendo recursos y atención hacia desafíos más próximos. Expertos del Council on Foreign Relations han destacado cómo esta reorientación afecta la percepción de liderazgo global.

Costos y desafíos de la hegemonía reconfigurada

La implementación de un “nuevo viejo orden mundial” conlleva riesgos significativos. La retirada parcial de Estados Unidos de escenarios internacionales podría generar vacíos de poder, alentando a otras potencias a expandir su influencia y, potencialmente, desestabilizando regiones enteras. Las alianzas tradicionales, como la OTAN, podrían debilitarse, alterando el equilibrio de seguridad global.

En el ámbito económico, la preferencia por acuerdos bilaterales y la imposición de aranceles, como se ha visto en el pasado, podrían perturbar las cadenas de suministro globales y ralentizar el crecimiento económico. Según informes del Fondo Monetario Internacional, el proteccionismo puede reducir la eficiencia y la prosperidad a largo plazo. Este giro implica un cálculo de costos y beneficios que aún está por verse en su totalidad.

En resumen, el “nuevo viejo orden mundial de Trump” representa una apuesta audaz por reconfigurar la política exterior estadounidense, retornando a principios que anteceden a las grandes guerras del siglo XX. Si bien busca reforzar la seguridad hemisférica y priorizar los intereses nacionales, sus implicaciones para la estabilidad global y las alianzas tradicionales son profundas y aún inciertas, planteando un desafío significativo para la gobernanza internacional en los próximos años.