La proliferación del shovelware en videojuegos ha alcanzado niveles críticos, asfixiando la visibilidad de títulos genuinos y desafiando la curación de las tiendas digitales. Este problema, antiguo pero exacerbado por la distribución digital, exige una respuesta robusta y urgente por parte de los responsables de las plataformas.

Históricamente, el shovelware ha existido, con empresas buscando ganancias rápidas mediante juegos de baja calidad. Sin embargo, la facilidad de acceso que trajo la distribución digital ha abierto las compuertas, permitiendo que un número sin precedentes de estos «oportunistas» inunde el mercado, como señala un reciente análisis de GamesIndustry.biz.

Esta avalancha dificulta enormemente la descubribilidad para los desarrolladores independientes, cuyos proyectos apasionados luchan por destacar entre clones baratos y contenido generado con plantillas. Cada avance en la visibilidad se ve contrarrestado por un retroceso significativo ante la marea de juegos fraudulentos y de mala calidad, afectando la diversidad del catálogo disponible.

El problema se agrava: la amenaza de la IA generativa

Lo que se vislumbra en el horizonte es aún más preocupante. La inteligencia artificial generativa representa una fantasía hecha realidad para los vendedores de shovelware. Crear juegos mediocres que parecen lo suficientemente profesionales para engañar a una parte del público se está volviendo más rápido, barato y sencillo que nunca antes, según un informe sobre tendencias tecnológicas en la industria.

A pesar de esta crisis inminente, las plataformas han mostrado hasta ahora una renuencia casi total a reconocer el problema, y mucho menos a abordarlo. Compañías como Sony y Nintendo, que en su momento mantuvieron altos estándares de entrada, ahora permiten una cantidad desconcertante de shovelware descarado en sus tiendas digitales.

Curación humana: la única respuesta efectiva

La raíz del problema es la misma que se observa en las redes sociales: la moderación de contenido real es difícil y requiere emplear a seres humanos para emitir juicios informados. Muchas empresas se han acostumbrado a dejar que sus servicios se deterioren, empeorando la experiencia del cliente para evitar contratar personal, un costo que evitan asumir.

No existe un proceso de detección algorítmica infalible para el shovelware; la IA, que agrava la crisis, tampoco puede rescatarnos. Cualquier modelo algorítmico diseñado para eliminarlo inevitablemente atraparía también juegos indie legítimos o relanzamientos retro, o sería tan laxo que resultaría inútil, como advierten expertos en ética de la IA.

Para las consolas, este desafío es especialmente crítico. Su promesa a los consumidores se basa en un «jardín vallado» y una curación cuidadosa. Ignorar este deber hace que el argumento de las plataformas cerradas sea extremadamente poco convincente. Los consumidores no deberían aceptar quedar atrapados por una plataforma que no está dispuesta a mantener la calidad prometida.

La dificultad de definir y controlar el shovelware subraya precisamente por qué exige un toque humano, no un algoritmo a medio cocer. Ignorar esta realidad solo perpetuará un ecosistema digital saturado, donde la innovación y la creatividad genuina luchan por respirar, afectando negativamente a toda la comunidad de jugadores y desarrolladores.

Es imperativo que los líderes de la industria reevalúen sus políticas y demuestren un compromiso real con la calidad y la experiencia del usuario. Solo así podrán preservar la integridad de sus plataformas y el valor de los videojuegos como medio cultural y de entretenimiento, garantizando un futuro más sano para el sector.