La filosofía de Donald Trump, que prioriza el poderío nacional y la autonomía en la toma de decisiones, plantea una redefinición audaz de la moralidad en la esfera política global. Esta perspectiva, calificada por Peter Singer como una «moralidad anti-moral», sugiere que la fuerza y la voluntad propia de las grandes potencias podrían dictar las acciones sin adherirse a marcos éticos convencionales, impactando profundamente las relaciones internacionales.
Este enfoque se distancia de los principios arraigados en el derecho internacional y los acuerdos multilaterales que han guiado la diplomacia por décadas. En lugar de buscar consensos o adherirse a normas preestablecidas, la administración Trump ha demostrado una inclinación a actuar unilateralmente cuando lo considera beneficioso para los intereses estadounidenses.
Tal visión no solo genera debates sobre la ética en la política exterior, sino que también desafía la estabilidad de un orden global ya frágil. La pregunta central es si el mundo aceptará esta particular moralidad de Trump, un retorno a la primacía del poder sin restricciones, un cambio que podría determinar el curso de la política internacional durante las próximas décadas.
El principio de «la fuerza hace el derecho» en la política exterior
El concepto de que «la fuerza hace el derecho» encapsula una parte fundamental de la moralidad de Trump en la política exterior. Esta perspectiva se evidenció en la hipotética situación descrita por Peter Singer en Project Syndicate, donde se plantea un escenario de ataques militares a Venezuela y la captura de su presidente, justificados por la administración estadounidense.
Según el análisis de Peter Singer, publicado el 14 de enero de 2026 en Project Syndicate, la respuesta de Stephen Miller, entonces jefe adjunto de gabinete de la Casa Blanca, ilustra esta filosofía. Miller, al ser cuestionado sobre el control de EE.UU. en Venezuela, habría reflejado una visión donde las acciones de la superpotencia no requieren justificación moral externa.
Esta aproximación contrasta con las expectativas de responsabilidad global y el respeto a la soberanía de las naciones. Expertos en derecho internacional, como la Council on Foreign Relations, a menudo enfatizan la importancia de la legalidad y la multilateralidad para mantener la paz y la estabilidad.
Para la moralidad de Trump, la primacía de los intereses nacionales y la capacidad de actuar sin restricciones parecen superar las consideraciones de la moralidad global o el consenso internacional. Esto no solo redefine el rol de Estados Unidos en el mundo, sino que también establece un precedente para otras potencias.
Implicaciones para el orden global y la moralidad de Trump
Las ramificaciones de esta filosofía son extensas. Un sistema internacional donde el poderío se impone sobre los principios morales o el derecho consensuado podría llevar a una mayor inestabilidad y conflicto. Las alianzas tradicionales podrían debilitarse, ya que la confianza en los compromisos mutuos se vería erosionada.
Organizaciones como las Naciones Unidas, fundadas sobre la premisa de la cooperación y la resolución pacífica de disputas, podrían ver su influencia disminuida. La erosión de las normas internacionales podría empoderar a otros actores globales para adoptar enfoques similares, creando un entorno más impredecible y peligroso.
Además, la credibilidad de Estados Unidos como defensor de la democracia y los derechos humanos podría verse comprometida si sus acciones son percibidas como puramente pragmáticas y desprovistas de un fundamento ético consistente. Esto podría afectar su capacidad para liderar coaliciones y promover sus valores a nivel mundial.
La «moralidad anti-moral» de Donald Trump representa un desafío fundamental para el futuro de las relaciones internacionales. Su enfoque, que prioriza la fuerza y la conveniencia nacional, plantea interrogantes cruciales sobre la naturaleza del liderazgo global y la viabilidad de un orden mundial basado en reglas, una clara manifestación de la moralidad de Trump en acción.
Observar cómo las naciones responden a esta visión será clave para entender si el panorama internacional se inclina hacia un multilateralismo renovado o hacia una era donde el poder sin principios se convierte en la norma dominante. El debate sobre la moralidad en la política exterior está más vigente que nunca.












