En un suceso trágico ocurrido a principios de enero de 2026, una madre de 37 años perdió la vida en Minneapolis a manos de funcionarios federales, desatando una ola de declaraciones oficiales que rápidamente viraron hacia la desinformación. Este incidente no solo fue una tragedia, sino también un crudo ejemplo del ascenso de narrativas falsas en el discurso público, evidenciando el preocupante triunfo de la mentira.
La respuesta de la administración, liderada por figuras de alto perfil, no buscó esclarecer los hechos, sino más bien consolidar una versión preestablecida. La secretaria de Seguridad Nacional, Kristi Noem, declaró públicamente que la víctima estaba cometiendo un «acto de terrorismo doméstico», una afirmación desmentida por las pruebas iniciales, según reportes de diversos medios de comunicación.
Este patrón de justificación a través de la tergiversación se intensificó cuando el presidente Donald Trump, en su plataforma Truth Social, afirmó que la mujer había «atropellado violenta, voluntaria y viciosamente a un oficial de ICE». Poco después, el vicepresidente JD Vance desestimó cualquier crítica, calificándola de «manipulación», un término que él mismo aplicó a quienes buscaban la verdad, según un análisis de Project Syndicate.
La fábrica de narrativas y el costo social
Este lamentable episodio en Minneapolis subraya una tendencia preocupante en la política contemporánea: la creación deliberada de narrativas falsas para moldear la percepción pública. Cuando los líderes utilizan plataformas de gran alcance para difundir información errónea, el impacto trasciende el incidente individual, erosionando la confianza en las instituciones y en la prensa, elementos fundamentales para una democracia sana.
Estudios recientes, como el de la Universidad de Oxford sobre desinformación política, demuestran cómo las mentiras bien orquestadas pueden arraigarse en la conciencia colectiva, especialmente si son reforzadas por figuras de autoridad. La repetición constante de una falsedad, incluso cuando se contradice con hechos verificables, puede llevar a que una parte significativa de la población la acepte como verdad.
La retórica empleada por los funcionarios en el caso de la madre asesinada busca no solo justificar una acción controvertida, sino también polarizar a la sociedad, creando divisiones entre quienes aceptan la versión oficial y quienes la cuestionan. Este es un mecanismo eficaz para desviar la atención de posibles responsabilidades y consolidar lealtades políticas a través de la adhesión a un relato, por inverosímil que parezca, un claro síntoma del triunfo de la mentira.
Implicaciones para la credibilidad institucional
El uso sistemático de la desinformación por parte de altos cargos tiene profundas implicaciones para la credibilidad de las instituciones gubernamentales. Una vez que la confianza se fractura, es extremadamente difícil restaurarla. La ciudadanía, al percibir que se le miente abiertamente, puede desarrollar un cinismo generalizado que afecta su participación cívica y su fe en el sistema legal y político.
Expertos en comunicación política, como la Dra. Elena Ríos de la Universidad Complutense de Madrid, señalan que «cuando la verdad se convierte en una herramienta política maleable, el periodismo independiente y los mecanismos de rendición de cuentas se ven severamente comprometidos». Este escenario favorece un entorno donde los hechos objetivos son reemplazados por «verdades» convenientes, construyendo una realidad alternativa para los seguidores.
Este patrón de conducta oficial no es exclusivo de un solo incidente, sino que representa una estrategia más amplia para controlar la narrativa pública. La insistencia en justificar acciones con falsedades, incluso ante la evidencia en contra, se convierte en una prueba de lealtad para los partidarios, quienes deben aceptar estas «verdades» para mantener su pertenencia al grupo, consolidando así el persistente triunfo de la mentira.
El caso de la madre asesinada en Minneapolis es un sombrío recordatorio de cómo la desinformación puede ser instrumentalizada en la esfera política, con graves consecuencias para la verdad y la cohesión social. Para evitar un futuro donde la realidad sea una construcción meramente subjetiva, es imperativo que los medios de comunicación, la sociedad civil y las instituciones democráticas refuercen su compromiso con la verificación de los hechos y la defensa de la verdad objetiva. Solo así se podrá contrarrestar eficazmente el avance de la mentira.












