El año 2026 marca un punto de inflexión en la transición energética global, con la creciente polarización entre naciones dependientes de combustibles fósiles y aquellas que lideran la adopción de energías renovables. Esta disputa geopolítica, evidenciada en cumbres recientes, definirá el futuro de la matriz energética mundial.

Hace dos años, países de todo el mundo establecieron el objetivo de “transicionar de los combustibles fósiles en los sistemas energéticos de manera justa, ordenada y equitativa”, buscando triplicar la capacidad de energía renovable y duplicar las ganancias de eficiencia energética para 2030. Este esfuerzo es crucial, dado que el sector energético representa aproximadamente el 75% de las emisiones globales de dióxido de carbono que calientan el planeta.

Aunque el mundo avanza —más del 90% de la nueva capacidad de energía agregada en 2024 provino de fuentes renovables, con un crecimiento similar en 2025— la producción de combustibles fósiles también sigue expandiéndose, como señala un análisis de FastCompany en enero de 2026. Esta dualidad crea una tensión palpable en la arena internacional, donde la retórica de la descarbonización choca con intereses económicos arraigados.

La resistencia de los petroestados y sus estrategias

La confrontación entre petroestados y electroestados alcanzó un punto álgido en la cumbre climática de las Naciones Unidas COP30, celebrada en Belém, Brasil, en noviembre de 2025. A pesar de que la transición energética no estaba prevista como tema central, dominó la agenda. El presidente brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva, propuso la creación de una hoja de ruta formal para superar la dependencia de los combustibles fósiles, una idea apoyada por más de 80 naciones, desde pequeñas islas vulnerables como Vanuatu hasta productores de energía limpia como Kenia e incluso Australia, un gran productor de fósiles.

Sin embargo, la oposición, liderada por el Grupo Árabe de países productores de petróleo y gas, impidió que cualquier mención de un plan de transición energética con “hoja de ruta” se incluyera en el acuerdo final de la conferencia. Esta resistencia subraya la fuerte dependencia económica de estas naciones de los hidrocarburos. Según datos del Fondo Monetario Internacional (FMI), los subsidios a los combustibles fósiles continúan siendo un lastre significativo, distorsionando los mercados y dificultando la inversión en alternativas limpias. Países como Arabia Saudita y Rusia, por ejemplo, buscan diversificar sus economías, pero la escala de inversión necesaria y la inercia de sus infraestructuras energéticas hacen que el cambio sea lento y costoso.

El auge de los electroestados y la nueva geopolítica

Mientras tanto, los “electroestados” —naciones que apuestan fuertemente por las energías renovables y la electrificación de sus economías— ganan terreno y reconfiguran el panorama geopolítico. Países europeos, China y Estados Unidos están invirtiendo masivamente en energía solar, eólica, baterías y vehículos eléctricos. El informe de la Agencia Internacional de Energía (IEA) de 2024 proyectaba un crecimiento sin precedentes en la capacidad renovable, impulsado por la reducción de costos y las políticas de apoyo.

Este cambio no solo tiene implicaciones ambientales, sino también económicas y estratégicas. La independencia energética se convierte en un objetivo clave, reduciendo la vulnerabilidad a las fluctuaciones de precios del petróleo y el gas. Además, la fabricación de tecnologías verdes está creando nuevas cadenas de valor y empleos, posicionando a estos electroestados como líderes industriales del futuro. La competencia por minerales críticos como el litio y el cobalto, esenciales para las baterías, ya es un nuevo frente en la geopolítica global.

Mirando hacia 2026, la tensión entre petroestados que luchan por mantener su influencia y electroestados que impulsan una nueva era energética se intensificará. Se esperan mayores inversiones en energías renovables, pero también una fuerte presión por parte de los productores de combustibles fósiles para asegurar sus mercados. La capacidad de los gobiernos para implementar políticas coherentes y la innovación tecnológica determinarán la velocidad y equidad de esta transición, marcando el inicio de una década decisiva para el futuro energético del planeta.