Un año después de que los incendios forestales devastaran vastas áreas de Los Ángeles, la mirada se vuelve hacia las lecciones aprendidas sobre la respuesta a desastres en EE. UU. Estos eventos catastróficos expusieron vulnerabilidades sistémicas y la urgencia de una mejor preparación ante un clima cambiante.

El periodista y autor Jacob Soboroff, en su libro Firestorm, reveló duras verdades sobre los incendios de L.A., como compartió en una entrevista con Fast Company. Los incendios de Palisades y Eaton, que ardieron simultáneamente, se convirtieron en los eventos de incendios forestales más costosos en la historia del país.

Mientras el incendio de Palisades se originó por un fuego residual de un acto de pirómanos días antes, el de Eaton en Altadena se atribuyó a equipos eléctricos defectuosos. Ambos fueron avivados por vientos de Santa Ana de fuerza huracanada, superando las 80 millas por hora, condiciones que el Servicio Meteorológico Nacional había pronosticado como una situación particularmente peligrosa.

La previsibilidad y la falta de preparación

A pesar de las advertencias explícitas sobre vientos extremos, la magnitud del desastre sorprendió a muchos. Soboroff subraya que las comunidades no estaban realmente preparadas para manejar lo que se desató, a pesar de que las condiciones eran, en cierta medida, predecibles. Esta desconexión entre la previsión y la respuesta efectiva plantea interrogantes sobre la infraestructura de emergencia y los protocolos de evacuación existentes.

Un informe de FEMA sobre gestión de riesgos destaca la importancia de integrar la inteligencia meteorológica en los planes de respuesta locales. La falta de coordinación entre agencias y la subestimación de la vulnerabilidad urbana frente a incendios forestales se perfilan como puntos críticos que requieren una revisión profunda.

Hacia una respuesta a desastres más resiliente

Las lecciones de Los Ángeles no se limitan a la extinción de incendios. Apuntan a la necesidad de construir comunidades más resilientes, desde códigos de construcción que resistan mejor el fuego hasta sistemas de alerta temprana más sofisticados y accesibles. La inversión en infraestructuras inteligentes y la educación pública sobre la preparación para emergencias son pasos fundamentales.

Según un estudio del USGS, la expansión urbana en zonas de interfaz urbano-forestal (WUI) aumenta significativamente el riesgo. Esto demanda políticas de uso del suelo más estrictas y una reevaluación de cómo las comunidades coexisten con entornos naturales propensos a desastres. La colaboración entre entidades gubernamentales, científicas y la ciudadanía es indispensable para mitigar futuros impactos.

Además, la implementación de tecnologías de monitoreo avanzado, como sensores de detección temprana y modelos predictivos basados en inteligencia artificial, podría transformar radicalmente la capacidad de anticipación. Un artículo reciente en Nature explora cómo estas herramientas pueden mejorar la gestión de crisis climáticas.

Los incendios de Los Ángeles de hace un año sirven como un potente recordatorio de que la era de los desastres está en aumento y exige una evolución en la respuesta a desastres en EE. UU. No basta con reaccionar; la proactividad, la inversión en prevención y la adaptación a un clima cambiante son imperativos. La capacidad de aprender de cada crisis, integrando la tecnología y fortaleciendo la cohesión comunitaria, definirá la seguridad de las futuras generaciones frente a amenazas naturales cada vez más intensas.