Un año después de los devastadores incendios forestales que asolaron Los Ángeles, el sistema de respuesta a desastres en EE. UU. se encuentra bajo un escrutinio renovado, revelando lecciones cruciales sobre la preparación y la coordinación en una era de eventos climáticos extremos en escalada. Los incendios de 2025, particularmente en Pacific Palisades y Altadena, subrayaron vulnerabilidades sistémicas en la capacidad del país para enfrentar crisis complejas.
Según Jacob Soboroff, corresponsal de MS NOW y autor del libro «Firestorm», estos eventos no solo fueron catastróficos por su magnitud, sino también por la simultaneidad de dos grandes conflagraciones urbanas. Esta característica los convirtió en el suceso de incendio forestal más costoso en la historia del país, como se detalla en Fast Company. Las llamas en Pacific Palisades se originaron por un incendio latente de un acto de pirómano, mientras que el fuego de Eaton en Altadena fue atribuido a equipos eléctricos defectuosos.
Ambos desastres se vieron exacerbados por ráfagas de viento Santa Ana con fuerza de huracán, superando las 80 millas por hora, condiciones que habían sido predichas por el Servicio Meteorológico Nacional como «particularmente peligrosas». A pesar de estas advertencias, la rápida propagación y el impacto masivo en comunidades densamente pobladas revelaron una brecha significativa entre la previsión y la preparación efectiva.
Desafíos en la anticipación y coordinación de la respuesta
La experiencia de los incendios de Los Ángeles puso de manifiesto que la mera predicción meteorológica no garantiza una respuesta a desastres en EE. UU. óptima. Las autoridades sabían del riesgo, pero la escala y la velocidad de los eventos superaron la capacidad de reacción. Los planes de evacuación, a menudo complejos y difíciles de implementar en zonas urbanas densas, resultaron insuficientes para proteger a decenas de miles de residentes, como ocurrió en Pacific Palisades y Altadena.
La coordinación entre agencias federales, estatales y locales sigue siendo un punto crítico. Un informe de la Agencia Federal para el Manejo de Emergencias (FEMA) sobre la respuesta a desastres naturales de gran escala, aunque no específico de estos incendios, subraya la necesidad de una comunicación fluida y protocolos unificados. La fragmentación en la toma de decisiones y la asignación de recursos pueden retrasar operaciones vitales, desde el control del fuego hasta la asistencia humanitaria post-desastre.
Fortaleciendo la resiliencia comunitaria y la infraestructura
Las lecciones de Los Ángeles apuntan hacia la urgencia de fortalecer la resiliencia a nivel comunitario y robustecer la infraestructura crítica. Esto incluye inversiones en tecnología de detección temprana y sistemas de alerta más eficientes, así como la modernización de las redes eléctricas para prevenir fallas que puedan desencadenar incendios. Programas como el CAL FIRE en California trabajan en la creación de «espacios defendibles» alrededor de las propiedades, reduciendo la carga de combustible.
Además, la educación pública juega un papel fundamental. Capacitar a los ciudadanos sobre cómo actuar antes, durante y después de un incendio, y fomentar la participación en simulacros de evacuación, puede salvar vidas y reducir el caos. La inversión en infraestructura resistente al fuego y la planificación urbana que considere el riesgo de desastres son pasos esenciales para construir comunidades más seguras frente a la creciente amenaza de los fenómenos extremos.
Un año después de los incendios en Los Ángeles, la respuesta a desastres en EE. UU. sigue siendo un campo en evolución constante. Los eventos catastróficos de 2025 sirven como un poderoso recordatorio de que la preparación debe ser proactiva y multifacética, integrando avances tecnológicos, coordinación interinstitucional y una fuerte participación comunitaria. Solo así se podrá mitigar el impacto de la inevitable «era de desastres» que se avecina.








