A pesar de poseer las mayores reservas probadas de petróleo del mundo, Venezuela representa hoy un enorme quebradero de cabeza para las grandes petroleras. La intrincada red de sanciones internacionales, la inestabilidad política interna y la infraestructura en declive convierten el acceso a estos recursos en una apuesta de alto riesgo para cualquier actor global.

Históricamente, el petróleo ha sido el motor económico de Venezuela, consolidando a la estatal PDVSA como un gigante energético. Sin embargo, décadas de mala gestión, corrupción y una fuerte nacionalización bajo el chavismo erosionaron su capacidad operativa, transformando la abundancia en escasez de producción y capacidad de exportación.

Este escenario plantea una paradoja. Mientras el mundo busca asegurar el suministro energético, las vastas reservas venezolanas permanecen en gran parte inaccesibles o subutilizadas, forzando a las grandes petroleras a sopesar los beneficios potenciales frente a los considerables riesgos geopolíticos y operativos.

La encrucijada de las sanciones y la producción

La imposición de sanciones por parte de Estados Unidos ha sido un factor determinante en la crisis del sector petrolero venezolano. Estas medidas restringen severamente la capacidad de PDVSA para vender crudo en los mercados internacionales y adquirir tecnología o repuestos esenciales, asfixiando la infraestructura de producción.

Desde su pico de más de 3 millones de barriles diarios a finales de los años 90, la producción de petróleo de Venezuela ha caído drásticamente. Datos de la OPEP muestran que, en 2023, la producción se mantuvo por debajo de los 800.000 barriles diarios, una fracción de su potencial. Esta caída no solo afecta los ingresos del país, sino que también dificulta cualquier esfuerzo de recuperación.

Para las grandes empresas petroleras, operar en este ambiente significa navegar un laberinto legal y logístico. Cualquier inversión o colaboración debe considerar la posibilidad de nuevas sanciones o la revocación de licencias, como ha ocurrido recientemente. Un análisis reciente de The Economist, publicado en enero de 2026, resalta cómo la situación venezolana sigue siendo un desafío persistente, con pocas perspectivas de una solución a corto plazo.

Geopolítica, riesgo y la transición energética

Más allá de las sanciones directas, el riesgo geopolítico en Venezuela es una constante. La inestabilidad política, la falta de seguridad jurídica y la influencia de actores externos complican cualquier plan de inversión a largo plazo. Las empresas deben evaluar si la promesa de futuras ganancias justifica la exposición a un entorno tan volátil.

En el contexto de la transición energética global, la decisión es aún más compleja. Las grandes petroleras enfrentan una creciente presión para descarbonizar sus operaciones y diversificar sus carteras hacia fuentes más limpias. Invertir capital en proyectos de crudo pesado en Venezuela, con su alta huella de carbono y sus riesgos inherentes, choca con los objetivos de sostenibilidad y las expectativas de los inversores ESG.

La política petrolera de EE. UU. ha mostrado cierta flexibilidad, otorgando licencias temporales a empresas como Chevron para operar en Venezuela. Sin embargo, estas medidas son a menudo tácticas y reversibles, lo que impide una estrategia de inversión robusta y sostenible por parte de las petroleras globales. La incertidumbre sobre la duración y el alcance de estas exenciones es un freno considerable.

El futuro del petróleo venezolano como activo para las grandes petroleras sigue siendo incierto. A menos que haya cambios significativos en el panorama político y regulatorio, las vastas reservas del país probablemente permanecerán en gran medida subexplotadas. Las empresas se enfrentan a un dilema: ignorar un recurso masivo o asumir riesgos incalculables en un mercado volátil y sancionado, con pocas señales de mejora sustancial a corto plazo.