La hipotética incursión estadounidense en Venezuela para capturar al presidente Nicolás Maduro, un escenario planteado para 2026, ha puesto en jaque el viejo orden internacional. Este evento, de concretarse, obligaría a las naciones a redefinir su postura, impactando directamente en la compleja relación de Venezuela con el futuro de Occidente y sus prioridades geopolíticas.
Este escenario disruptivo, anticipado por analistas, subraya una era de profundos cambios geopolíticos. La estrategia de seguridad nacional de Estados Unidos, que sugiere una división del mundo en bloques de influencia (EE.UU., China y Rusia), ya venía señalando esta trayectoria. La acción en Venezuela, aunque futura, cristaliza tensiones latentes.
El desafío al orden internacional y las nuevas prioridades
La narrativa de una intervención en Venezuela, como la descrita por Jim O’Neill y Gemma Cheng’er Deng en un reciente análisis de Project Syndicate, no es solo un acto de fuerza. Representa una ruptura con la diplomacia convencional, forzando a los países occidentales a clarificar sus alianzas y principios en un mundo cada vez más polarizado.
Este tipo de acciones unilaterales desafían marcos como el derecho internacional y la soberanía, pilares del orden post-Guerra Fría. La respuesta global a tal evento determinaría la viabilidad de un sistema multilateral o la consolidación de esferas de influencia, con implicaciones significativas para la estabilidad regional y global, particularmente en América Latina.
La crisis venezolana, marcada por una profunda recesión económica y una crisis humanitaria, ha sido un foco de atención internacional durante años. Según el Fondo Monetario Internacional, el país ha enfrentado una contracción económica sin precedentes. Esta situación, documentada en informes recientes, ha exacerbado la inestabilidad y la migración masiva, factores que una intervención militar podría alterar drásticamente.
Analistas del Council on Foreign Relations han señalado que cualquier intervención externa, independientemente de sus motivaciones, conlleva riesgos de escalada y desestabilización a largo plazo. La complejidad de la política interna venezolana y la presencia de diversos actores internacionales complican aún más cualquier escenario de acción militar.
Repercusiones para la política exterior de Occidente
La forma en que las potencias occidentales, más allá de Estados Unidos, reaccionen a un evento como la captura de un líder extranjero, definirá su posición en el tablero global. ¿Prevalecerá la condena de la soberanía o se priorizará la seguridad regional bajo una nueva doctrina? Esta pregunta es crucial para la cohesión del bloque occidental.
Las implicaciones económicas también son vastas. Venezuela posee las mayores reservas probadas de petróleo del mundo, según la OPEP. Cualquier desestabilización en el suministro podría impactar los mercados energéticos globales, afectando directamente las economías de las naciones occidentales y asiáticas. Esto añade una capa de complejidad al debate.
Además, la credibilidad de las instituciones internacionales como la ONU o la OEA se vería comprometida o reforzada. La comunidad internacional, incluyendo a actores clave como China y Rusia, observaría atentamente, buscando señales sobre los límites de la intervención y la primacía del poder frente a las normas establecidas.
El escenario de una intervención en Venezuela, aunque hipotético, obliga a una profunda reflexión sobre el futuro de Occidente. Más allá de la crisis inmediata, plantea interrogantes fundamentales sobre la validez del derecho internacional y la naturaleza de la política de poder. La respuesta global a esta encrucijada determinará el rumbo de las relaciones internacionales en las próximas décadas.











